domingo, 23 de mayo de 2010

Dicen que fue una puta la que le curó el corazón al Alfonso. Dicen que era de esas putas-madres, que te enseñan todo sobre la vida, que abren piernas, abren corazón y cuidan a sus clientes-hijos, para que lloren todo lo que tienen que llorar hasta que el sexo los convierta en animales, para luego ser cachorritos y llorar otra vez. Dicen que ya estaba vieja, pero seguía siendo magia en forma de muslos.
Dicen que el corazón de Alfonso era una zanja, que cualquiera que se acercaba podría oler la putrefacción del mismo. Que sus ojos eran huecos y que a cada palabra sonaba un eructo.
Dicen también que cuando la puta curó a Alfonso, ella se convirtió en una piedra que el aún guarda, bajo llave, en una cajita en su mesa de luz para abrir cada domingo y oler todavía el olor a la curtida piel de la mujer, a alfombra húmeda de la habitación, y a sexo de las sábanas. Para abrir y sentirse un niño indefenso, acurrucandosé en la esquinita de su cama y, así, sin que nadie lo viera, sin que nadie se entere, llorar y llorar y llorar.